¿Qué queremos realmente, posibilidades u opciones?

¿Qué queremos realmente, posibilidades u opciones? 

Es una cuestión que plantea de manera distinta lo que, en general, buscamos.

Durante una muy agradable tertulia vespertina, de fin de semana, como solía ser en una ciudad como Guayana, coincidimos causalmente algunos amigos. Planteamos cuestiones interesantes, nos hicimos preguntas. Cada uno aportó su solución desde su óptica personal y profesional. Todas interesantísimas. La conclusión general es que, en realidad, planteada de distintas maneras, muchos de nosotros, buscamos y queremos lo mismo. 

Algunos buscan protección y empleo, opciones; otros buscan posibilidades: libertad, grados de acción, posibilidades de invertir, asumir riesgos, reinventarse, institucionalidad a la cual acudir en caso de lesión de derechos establecidos en una relación contractual o de lesión de nuestros derechos por parte de una institución, una instancia a la cual acudir en caso de ausencia de cumplimiento de una parte, en un contrato cualquiera.

La ausencia de acceso a oportunidades simétricas es lo que genera mal estar entre los ciudadanos, atenta contra la paz social, contra el funcionamiento de un cuerpo social de modo que propenda al desarrollo, al crecimiento sustentable, al desarrollo en función del Ser Humano como real centro de cualquier modelo de desarrollo. Si los que buscan posibilidades, no encuentran cauce a sus inquietudes, los que buscan opciones no podrán satisfacerlas. 

Ahora, la cuestión es más profunda de lo que parece. A simple vista, pareciera tratarse de lo que se puede Vs. lo que se quiere. De libertad Vs. anarquía; de estado fuerte, interventor Vs. estado permisivo e incluso ausente. 

En realidad, la cuestión dista mucho de esos planteamientos simples y poco profundos. No puede haber simetría en las relaciones entre los ciudadanos, las cuales están legítimamente y muy humanamente ligadas a los intereses de las personas que concurren a una relación, cualquiera sea su naturaleza, porque las personas tienen no solo disímiles y múltiples y muy distintos intereses; sino que el propósito de las relaciones es la satisfacción de esos intereses.

En caso de no ser así, ¿qué sentido tendría dedicarle tiempo, recursos y esfuerzos a una actividad que no va a satisfacer algún interés? Creo que, en caso de no ser así, habría que cuestionar primero, la salud mental y espiritual de aquel o de aquellos quienes acuden a una relación sin la intención de su satisfacción. Luego, encontrado el diagnóstico, puede avanzarse, pues no es solo un tema de salud mental en el estricto sentido psiquiátrico de asunto, sino de encontrar las creencias que determinen la concurrencia irracional a una relación infructuosa.

Limitemos pues, este planteamiento, al contexto de personas racionales, es decir, quienes buscan cómo obtener satisfacción de sus intereses y, establezcamos un universo estimado de 15% de las personas que conocemos. Entonces, nos preguntamos ¿de dónde saco esa cifra? ¿qué considero una persona racional y mentalmente sana? Bueno, respondo: Llevo a la mitad, la población que supone la sociedad Venezolana de Psiquiatría, que padece algún tipo de trastorno mental de 30% a la mitad. Considero mentalmente sana a una persona que pretende confirmar sus creencias, mediante la ejecución de sus actividades diarias, para la satisfacción de sus intereses: afirmar o comprobar sus creencias. Este es un supuesto fundamental de la PNL, lo que explica la conducta de las personas y lo que se tiene por racional.

 Entonces, acelerando ir al punto, la pregunta siguiente por contestar es: ¿cómo lograr simetría en las relaciones sociales, si no podemos acudir a un árbitro, que haga cumplir las leyes y los acuerdos entre partes?

Si el estado es débil y ausente, aunque sea autoritario (aparentemente contradictorio), no puede haber simetría en las relaciones sociales. Porque la razón asistirá, no a aquel que la tenga en sentido de justicia legal, sino a aquel que esté más cerca del aparato, o forme parte de el. 

Si el estado es fuerte, habrá tendencia a observar las leyes, pues el riesgo de sanción, en caso de observarlas en el accionar, será alta y por lo tanto, la intervención del estado será no solo menos requerida en la frecuencia, sino enfocada a casos realmente que lo ameriten, pues los acuerdos observarán la norma, para evitar costos y riesgos que reduzcan los beneficios en la satisfacción de los intereses entre las partes. 

Ahora, quedaría por responder una cuestión: ¿estado interventor, totalitario o facilitador y regulador? Me inclino por responder, lo suficientemente facilitador y regulador y lo necesariamente interventor e incluso totalitario en algunos casos de carácter excepcional y por lo tanto, en estricta necesidad de crisis o de desastre. Me explico:

Si se pueden realizar suficientes y cada vez mejores y mayores negocios, emprendimientos, respuestas a demandas ciudadanas (salud, educación, seguridad personal) el estado puede seguir en una línea de comportamiento gestora y promotora, danto por supuesto que la inflación está controlada porque hay disciplina fiscal, la política monetaria es eficiente y las instituciones responsables de satisfacer las demandas ciudadanas, responden en forma oportuna y suficiente, es decir; son eficientes. En este caso, los privados (personas naturales, jurídicas y familias) hacen su parte: desarrollan actividades que propenden a satisfacer sus intereses a través del intercambio. Si los privados se desvían, en el sentido de romper las leyes y normas porque buscan atajos, atentan contra las buenas costumbres aún a pesar de que el sistema social de aceptación y rechazo actúe señalando la falta o en caso necesario, el judicial actúe castigando porque el sistema social falla; se debe considerar una crisis y desarrollar una intervención del estado. Puntual, breve y eficiente, que termine al desaparecer la crisis. 

Hasta ahí, todo parece ir bien y sonar de lo más hermoso. Pero, ¿qué ocurre cuando, es el estado, el agente social que falla, que no cumple su deber, que, en términos generales, es un estado fallido?

Bien, habría que comenzar por determinar qué es un estado fallido. Decimos que un estado es fallido, cuando no es capaz de satisfacer las demandas ciudadanas: no satisface las demandas de salud, de educación, de seguridad y sus políticas económicas generan distorsiones y caos: inflación, desempleo, escasez, insostenibilidad de las unidades económicas destinadas a producción de bienes y servicios porque el entorno económico y jurídico es hostil. En fin, pone en peligro la viabilidad económica de la sociedad y en riesgo el tejido social. 

Aclarado lo que pretendemos significar cuando referimos a un estado fallido, se sostiene la pregunta: ¿Qué ocurre cuando, es el estado, el agente social que falla, que no cumple su deber, en términos generales y absolutos, es un estado fallido? Si partimos de los supuestos que los ciudadanos son los poseedores de lo que se constituye en país, como evolución de la nación y delegan en unas autoridades, bajo la forma de democracia (sistema que conocemos), electas periódicamente; que tienen la misión de satisfacer sus demandas colectivas, denominadas ciudadanas por el ejercicio de esa responsabilidad de posesión; entonces es legítimo que los ciudadanos actúen, a través de las instituciones que les permiten encauzar sus demandas, transformarlas en proyectos y llevar a formas objetivas de operación y organización, que se manifiestan en forma de ejercicio de poder, desde el ejecutivo mediante la ejecución del gastos fiscal y la recaudación de fondos para su financiamiento y de leyes para normalizar esa función, así como la regulación de la conducta en forma de un sistema judicial; una vez que llegan a las posiciones, mediante votación, las personas tenidas como idóneas para el ejercicio de esa función.  

La actuación para reclamar satisfacción de las demandas ciudadanas, si existe independencia de poderes; puede ser mediante acciones judiciales; mediante solicitud de actuación a los Diputados o peticiones a los dirigentes del Poder Ejecutivo. Pero, si no hay canales para ese reclamo, entonces, quedan otros caminos: la actuación mediante las instituciones que representan de manera más directa al ciudadano, los partidos políticos, la menos deseada y calamitosa: la acción violenta o, la más sutil, lenta pero más poderosa, que es la noviolenta. 

En los tres primeros métodos, privan las parcelas, las asociaciones asimétricas. En la última, primero hay que disuadir a quienes creerán en las otras tres, que hace falta acción organizada, planificada, poderosa constante sobre el estado, para forzarlo a que sus autoridades cumplan con su deber y se regrese a la condición no natural de la vida social: la satisfacción de los intereses de los ciudadanos, normalizados de acuerdo a leyes y normas; pero que es la manera más eficiente de lograrlo y con sostenibilidad en el tiempo, pues pone al Ser Humano, no a ideologías, ni creencias de grupos, en el centro y como foco de los resultados de todo modelo y plan de desarrollo. 

Ningún sistema de regulación de las relaciones humanas, que no tengo como centro y foco, al Ser Humano, puede ser aceptado porque no será sostenible. 

No vale la pena, sacrificar al Ser Humano, por probar la razón. 

Nosotros, no somos ni vivimos en condiciones naturales, porque vivimos en sociedad, no en manada. 

La condición natural del Hombre es la pobreza, porque nacemos sin posesión y partimos sin posesión alguna. Construimos una vida, lo cual, no es natural, porque es un resultado nuestro, individual y luego, colectivo, por suma o por cooperación de los esfuerzos individuales. De modo que nosotros, no somos un agente que busca una existencia natural, porque necesitamos construir y modificar nuestro entorno para desarrollarnos y para crecer. Entonces, debemos desarrollar condiciones para facilitar el crecimiento. 

La pobreza es un estado natural, pero ocasional, no permanente ni tampoco sano, por lo tanto, indeseable. La riqueza, que tampoco es permanente, es salud y es deseable. Hay que progresar y crecer, antes de partir, ayudando a otros a progresar y a crecer.  

¿Qué queremos realmente, posibilidades u opciones? 

Es una cuestión que plantea de manera distinta lo que, en general, buscamos.

Durante una muy agradable tertulia vespertina, de fin de semana, como solía ser en una ciudad como Guayana, coincidimos causalmente algunos amigos. Planteamos cuestiones interesantes, nos hicimos preguntas. Cada uno aportó su solución desde su óptica personal y profesional. Todas interesantísimas. La cuestión es, que, en realidad, planteada de distintas maneras, muchos de nosotros, buscamos y queremos lo mismo. 

Algunos buscan protección y empleo, opciones; otros buscan posibilidades: libertad, grados de acción, posibilidades de invertir, asumir riesgos, institucionalidad a la cual acudir en caso de lesión de derechos establecidos en una relación contractual o de lesión de nuestros derechos por parte de una institución, una instancia a la cual acudir en caso de ausencia de cumplimiento de una parte, en un contrato cualquiera.

La ausencia de acceso a oportunidades simétricas es lo que genera mal estar entre los ciudadanos, atenta contra la paz social, contra el funcionamiento de un cuerpo social de modo que propenda al desarrollo, al crecimiento sustentable, al desarrollo en función del Ser Humano como real centro de cualquier modelo de desarrollo. Si los que buscan posibilidades, no encuentran cauce a sus inquietudes, los que buscan opciones no podrán satisfacerlas. 

Ahora, la cuestión es más profunda de lo que parece. A simple vista, pareciera tratarse de lo que se puede Vs. lo que se quiere. De libertad Vs. anarquía; de estado fuerte, interventor Vs. estado permisivo e incluso ausente. 

En realidad, la cuestión dista mucho de esos planteamientos simples y poco profundos. No puede haber simetría en las relaciones entre los ciudadanos, las cuales están legítimamente y muy humanamente ligadas a los intereses de las personas que concurren a una relación, cualquiera sea su naturaleza, porque las personas tienen no solo disímiles y múltiples y muy distintos intereses; sino que el propósito de las relaciones es la satisfacción de esos intereses.

En caso de no ser así, ¿qué sentido tendría dedicarle tiempo, recursos y esfuerzos a una actividad que no va a satisfacer algún interés? Creo que, en caso de no ser así, habría que cuestionar primero, la salud mental y espiritual de aquel o de aquellos quienes acuden a una relación sin la intención de su satisfacción. Luego, encontrado el diagnóstico, puede avanzarse, pues no es solo un tema de salud mental en el estricto sentido psiquiátrico de asunto, sino de encontrar las creencias que determinen la concurrencia irracional a una relación infructuosa.

Limitemos pues, este planteamiento, al contexto de personas racionales, es decir, quienes buscan cómo obtener satisfacción de sus intereses y, establezcamos un universo estimado de 15% de las personas que conocemos. Entonces, nos preguntamos ¿de dónde saco esa cifra? ¿qué considero una persona racional y mentalmente sana? Bueno, respondo: Llevo a la mitad, la población que supone la sociedad Venezolana de Psiquiatría, que padece algún tipo de trastorno mental de 30% a la mitad. Considero mentalmente sana a una persona que pretende confirmar sus creencias, mediante la ejecución de sus actividades diarias, para la satisfacción de sus intereses: afirmar o comprobar sus creencias. Este es un supuesto fundamental de la PNL, lo que explica la conducta de las personas y lo que se tiene por racional.

 Entonces, acelerando ir al punto, la pregunta siguiente por contestar es: ¿cómo lograr simetría en las relaciones sociales, si no podemos acudir a un árbitro, que haga cumplir las leyes y los acuerdos entre partes?

Si el estado es débil y ausente, aunque sea autoritario (aparentemente contradictorio), no puede haber simetría en las relaciones sociales. Porque la razón asistirá, no a aquel que la tenga en sentido de justicia legal, sino a aquel que esté más cerca del aparato, o forme parte de el. 

Si el estado es fuerte, habrá tendencia a observar las leyes, pues el riesgo de sanción, en caso de observarlas en el accionar, será alta y por lo tanto, la intervención del estado será no solo menos requerida en la frecuencia, sino enfocada a casos realmente que lo ameriten, pues los acuerdos observarán la norma, para evitar costos y riesgos que reduzcan los beneficios en la satisfacción de los intereses entre las partes. 

Ahora, quedaría por responder una cuestión: ¿estado interventor, totalitario o facilitador y regulador? Me inclino por responder, lo suficientemente facilitador y regulador y lo necesariamente interventor e incluso totalitario en algunos casos de carácter excepcional y por lo tanto, en estricta necesidad de crisis o de desastre. Me explico:

Si se pueden realizar suficientes y cada vez mejores y mayores negocios, emprendimientos, respuestas a demandas ciudadanas (salud, educación, seguridad personal) el estado puede seguir en una línea de comportamiento gestora y promotora, danto por supuesto que la inflación está controlada porque hay disciplina fiscal, la política monetaria es eficiente y las instituciones responsables de satisfacer las demandas ciudadanas, responden en forma oportuna y suficiente, es decir; son eficientes. En este caso, los privados (personas naturales, jurídicas y familias) hacen su parte: desarrollan actividades que propenden a satisfacer sus intereses a través del intercambio. Si los privados se desvían, en el sentido de romper las leyes y normas porque buscan atajos, atentan contra las buenas costumbres aún a pesar de que el sistema social de aceptación y rechazo actúe señalando la falta o en caso necesario, el judicial actúe castigando porque el sistema social falla; se debe considerar una crisis y desarrollar una intervención del estado. Puntual, breve y eficiente, que termine al desaparecer la crisis. 

Hasta ahí, todo parece ir bien y sonar de lo más hermoso. Pero, ¿qué ocurre cuando, es el estado, el agente social que falla, que no cumple su deber, que, en términos generales, es un estado fallido?

Bien, habría que comenzar por determinar qué es un estado fallido. Decimos que un estado es fallido, cuando no es capaz de satisfacer las demandas ciudadanas: no satisface las demandas de salud, de educación, de seguridad y sus políticas económicas generan distorsiones y caos: inflación, desempleo, escasez, insostenibilidad de las unidades económicas destinadas a producción de bienes y servicios porque el entorno económico y jurídico es hostil. En fin, pone en peligro la viabilidad económica de la sociedad y en riesgo el tejido social. 

Aclarado lo que pretendemos significar cuando referimos a un estado fallido, se sostiene la pregunta: ¿Qué ocurre cuando, es el estado, el agente social que falla, que no cumple su deber, en términos generales y absolutos, es un estado fallido? Si partimos de los supuestos que los ciudadanos son los poseedores de lo que se constituye en país, como evolución de la nación y delegan en unas autoridades, bajo la forma de democracia (sistema que conocemos), electas periódicamente; que tienen la misión de satisfacer sus demandas colectivas, denominadas ciudadanas por el ejercicio de esa responsabilidad de posesión; entonces es legítimo que los ciudadanos actúen, a través de las instituciones que les permiten encauzar sus demandas, transformarlas en proyectos y llevar a formas objetivas de operación y organización, que se manifiestan en forma de ejercicio de poder, desde el ejecutivo mediante la ejecución del gastos fiscal y la recaudación de fondos para su financiamiento y de leyes para normalizar esa función, así como la regulación de la conducta en forma de un sistema judicial; una vez que llegan a las posiciones, mediante votación, las personas tenidas como idóneas para el ejercicio de esa función.  

La actuación para reclamar satisfacción de las demandas ciudadanas, si existe independencia de poderes; puede ser mediante acciones judiciales; mediante solicitud de actuación a los Diputados o peticiones a los dirigentes del Poder Ejecutivo. Pero, si no hay canales para ese reclamo, entonces, quedan otros caminos: la actuación mediante las instituciones que representan de manera más directa al ciudadano, los partidos políticos, la menos deseada y calamitosa: la acción violenta o, la más sutil, lenta pero más poderosa, que es la noviolenta. 

En los tres primeros métodos, privan las parcelas, las asociaciones asimétricas. En la última, primero hay que disuadir a quienes creerán en las otras tres, que hace falta acción organizada, planificada, poderosa constante sobre el estado, para forzarlo a que sus autoridades cumplan con su deber y se regrese a la condición no natural de la vida social: la satisfacción de los intereses de los ciudadanos, normalizados de acuerdo a leyes y normas; pero que es la manera más eficiente de lograrlo y con sostenibilidad en el tiempo, pues pone al Ser Humano, no a ideologías, ni creencias de grupos, en el centro y como foco de los resultados de todo modelo y plan de desarrollo. 

Ningún sistema de regulación de las relaciones humanas, que no tengo como centro y foco, al Ser Humano, puede ser aceptado porque no será sostenible. 

No vale la pena, sacrificar al Ser Humano, por probar la razón. 

Nosotros, no somos ni vivimos en condiciones naturales, porque vivimos en sociedad, no en manada. 

La condición natural del Hombre es la pobreza, porque nacemos sin posesión y partimos sin posesión alguna. Construimos una vida, lo cual, no es natural, porque es un resultado nuestro, individual y luego, colectivo, por suma o por cooperación de los esfuerzos individuales. De modo que nosotros, no somos un agente que busca una existencia natural, porque necesitamos construir y modificar nuestro entorno para desarrollarnos y para crecer. Entonces, debemos desarrollar condiciones para facilitar el crecimiento. 

La pobreza es un estado natural, pero ocasional, no permanente ni tampoco sano, por lo tanto, indeseable. La riqueza, que tampoco es permanente, es salud y es deseable. Hay que progresar y crecer, antes de partir, ayudando a otros a progresar y a crecer.  

¿Qué queremos realmente, posibilidades u opciones? 

Es una cuestión que plantea de manera distinta lo que, en general, buscamos.

Durante una muy agradable tertulia vespertina, de fin de semana, como solía ser en una ciudad como Guayana, coincidimos causalmente algunos amigos. Planteamos cuestiones interesantes, nos hicimos preguntas. Cada uno aportó su solución desde su óptica personal y profesional. Todas interesantísimas. La cuestión es, que, en realidad, planteada de distintas maneras, muchos de nosotros, buscamos y queremos lo mismo. 

Algunos buscan protección y empleo, opciones; otros buscan posibilidades: libertad, grados de acción, posibilidades de invertir, asumir riesgos, institucionalidad a la cual acudir en caso de lesión de derechos establecidos en una relación contractual o de lesión de nuestros derechos por parte de una institución, una instancia a la cual acudir en caso de ausencia de cumplimiento de una parte, en un contrato cualquiera.

La ausencia de acceso a oportunidades simétricas es lo que genera mal estar entre los ciudadanos, atenta contra la paz social, contra el funcionamiento de un cuerpo social de modo que propenda al desarrollo, al crecimiento sustentable, al desarrollo en función del Ser Humano como real centro de cualquier modelo de desarrollo. Si los que buscan posibilidades, no encuentran cauce a sus inquietudes, los que buscan opciones no podrán satisfacerlas. 

Ahora, la cuestión es más profunda de lo que parece. A simple vista, pareciera tratarse de lo que se puede Vs. lo que se quiere. De libertad Vs. anarquía; de estado fuerte, interventor Vs. estado permisivo e incluso ausente. 

En realidad, la cuestión dista mucho de esos planteamientos simples y poco profundos. No puede haber simetría en las relaciones entre los ciudadanos, las cuales están legítimamente y muy humanamente ligadas a los intereses de las personas que concurren a una relación, cualquiera sea su naturaleza, porque las personas tienen no solo disímiles y múltiples y muy distintos intereses; sino que el propósito de las relaciones es la satisfacción de esos intereses.

En caso de no ser así, ¿qué sentido tendría dedicarle tiempo, recursos y esfuerzos a una actividad que no va a satisfacer algún interés? Creo que, en caso de no ser así, habría que cuestionar primero, la salud mental y espiritual de aquel o de aquellos quienes acuden a una relación sin la intención de su satisfacción. Luego, encontrado el diagnóstico, puede avanzarse, pues no es solo un tema de salud mental en el estricto sentido psiquiátrico de asunto, sino de encontrar las creencias que determinen la concurrencia irracional a una relación infructuosa.

Limitemos pues, este planteamiento, al contexto de personas racionales, es decir, quienes buscan cómo obtener satisfacción de sus intereses y, establezcamos un universo estimado de 15% de las personas que conocemos. Entonces, nos preguntamos ¿de dónde saco esa cifra? ¿qué considero una persona racional y mentalmente sana? Bueno, respondo: Llevo a la mitad, la población que supone la sociedad Venezolana de Psiquiatría, que padece algún tipo de trastorno mental de 30% a la mitad. Considero mentalmente sana a una persona que pretende confirmar sus creencias, mediante la ejecución de sus actividades diarias, para la satisfacción de sus intereses: afirmar o comprobar sus creencias. Este es un supuesto fundamental de la PNL, lo que explica la conducta de las personas y lo que se tiene por racional.

 Entonces, acelerando ir al punto, la pregunta siguiente por contestar es: ¿cómo lograr simetría en las relaciones sociales, si no podemos acudir a un árbitro, que haga cumplir las leyes y los acuerdos entre partes?

Si el estado es débil y ausente, aunque sea autoritario (aparentemente contradictorio), no puede haber simetría en las relaciones sociales. Porque la razón asistirá, no a aquel que la tenga en sentido de justicia legal, sino a aquel que esté más cerca del aparato, o forme parte de el. 

Si el estado es fuerte, habrá tendencia a observar las leyes, pues el riesgo de sanción, en caso de observarlas en el accionar, será alta y por lo tanto, la intervención del estado será no solo menos requerida en la frecuencia, sino enfocada a casos realmente que lo ameriten, pues los acuerdos observarán la norma, para evitar costos y riesgos que reduzcan los beneficios en la satisfacción de los intereses entre las partes. 

Ahora, quedaría por responder una cuestión: ¿estado interventor, totalitario o facilitador y regulador? Me inclino por responder, lo suficientemente facilitador y regulador y lo necesariamente interventor e incluso totalitario en algunos casos de carácter excepcional y por lo tanto, en estricta necesidad de crisis o de desastre. Me explico:

Si se pueden realizar suficientes y cada vez mejores y mayores negocios, emprendimientos, respuestas a demandas ciudadanas (salud, educación, seguridad personal) el estado puede seguir en una línea de comportamiento gestora y promotora, danto por supuesto que la inflación está controlada porque hay disciplina fiscal, la política monetaria es eficiente y las instituciones responsables de satisfacer las demandas ciudadanas, responden en forma oportuna y suficiente, es decir; son eficientes. En este caso, los privados (personas naturales, jurídicas y familias) hacen su parte: desarrollan actividades que propenden a satisfacer sus intereses a través del intercambio. Si los privados se desvían, en el sentido de romper las leyes y normas porque buscan atajos, atentan contra las buenas costumbres aún a pesar de que el sistema social de aceptación y rechazo actúe señalando la falta o en caso necesario, el judicial actúe castigando porque el sistema social falla; se debe considerar una crisis y desarrollar una intervención del estado. Puntual, breve y eficiente, que termine al desaparecer la crisis. 

Hasta ahí, todo parece ir bien y sonar de lo más hermoso. Pero, ¿qué ocurre cuando, es el estado, el agente social que falla, que no cumple su deber, que, en términos generales, es un estado fallido?

Bien, habría que comenzar por determinar qué es un estado fallido. Decimos que un estado es fallido, cuando no es capaz de satisfacer las demandas ciudadanas: no satisface las demandas de salud, de educación, de seguridad y sus políticas económicas generan distorsiones y caos: inflación, desempleo, escasez, insostenibilidad de las unidades económicas destinadas a producción de bienes y servicios porque el entorno económico y jurídico es hostil. En fin, pone en peligro la viabilidad económica de la sociedad y en riesgo el tejido social. 

Aclarado lo que pretendemos significar cuando referimos a un estado fallido, se sostiene la pregunta: ¿Qué ocurre cuando, es el estado, el agente social que falla, que no cumple su deber, en términos generales y absolutos, es un estado fallido? Si partimos de los supuestos que los ciudadanos son los poseedores de lo que se constituye en país, como evolución de la nación y delegan en unas autoridades, bajo la forma de democracia (sistema que conocemos), electas periódicamente; que tienen la misión de satisfacer sus demandas colectivas, denominadas ciudadanas por el ejercicio de esa responsabilidad de posesión; entonces es legítimo que los ciudadanos actúen, a través de las instituciones que les permiten encauzar sus demandas, transformarlas en proyectos y llevar a formas objetivas de operación y organización, que se manifiestan en forma de ejercicio de poder, desde el ejecutivo mediante la ejecución del gastos fiscal y la recaudación de fondos para su financiamiento y de leyes para normalizar esa función, así como la regulación de la conducta en forma de un sistema judicial; una vez que llegan a las posiciones, mediante votación, las personas tenidas como idóneas para el ejercicio de esa función.  

La actuación para reclamar satisfacción de las demandas ciudadanas, si existe independencia de poderes; puede ser mediante acciones judiciales; mediante solicitud de actuación a los Diputados o peticiones a los dirigentes del Poder Ejecutivo. Pero, si no hay canales para ese reclamo, entonces, quedan otros caminos: la actuación mediante las instituciones que representan de manera más directa al ciudadano, los partidos políticos, la menos deseada y calamitosa: la acción violenta o, la más sutil, lenta pero más poderosa, que es la noviolenta. 

En los tres primeros métodos, privan las parcelas, las asociaciones asimétricas. En la última, primero hay que disuadir a quienes creerán en las otras tres, que hace falta acción organizada, planificada, poderosa constante sobre el estado, para forzarlo a que sus autoridades cumplan con su deber y se regrese a la condición no natural de la vida social: la satisfacción de los intereses de los ciudadanos, normalizados de acuerdo a leyes y normas; pero que es la manera más eficiente de lograrlo y con sostenibilidad en el tiempo, pues pone al Ser Humano, no a ideologías, ni creencias de grupos, en el centro y como foco de los resultados de todo modelo y plan de desarrollo. 

Ningún sistema de regulación de las relaciones humanas, que no tengo como centro y foco, al Ser Humano, puede ser aceptado porque no será sostenible. 

No vale la pena, sacrificar al Ser Humano, por probar la razón. 

Nosotros, no somos ni vivimos en condiciones naturales, porque vivimos en sociedad, no en manada. 

La condición natural del Hombre es la pobreza, porque nacemos sin posesión y partimos sin posesión alguna. Construimos una vida, lo cual, no es natural, porque es un resultado nuestro, individual y luego, colectivo, por suma o por cooperación de los esfuerzos individuales. De modo que nosotros, no somos un agente que busca una existencia natural, porque necesitamos construir y modificar nuestro entorno para desarrollarnos y para crecer. Entonces, debemos desarrollar condiciones para facilitar el crecimiento. 

La pobreza es un estado natural, pero ocasional, no permanente ni tampoco sano, por lo tanto, indeseable. La riqueza, que tampoco es permanente, es salud y es deseable. Hay que progresar y crecer, antes de partir, ayudando a otros a progresar y a crecer.